10 de junio de 2017

Calor + mar

En plena ola de calor yo sólo sueño con meter los pies en el mar y eso me lleva irremediablemente a pensar en los dos que más han bañado mis días: el Cantábrico y el Mediterráneo.

Tan cercanos y tan distintos, que hasta el sol que brilla sobre ellos no parece el mismo, estos dos mares tienen una cosa en común que a mí me vuelve loca y es su poder calmante cuando ya has pasado demasiados días tierra adentro.

El mediterráneo me sabe a mis alpargatas de Ball Pagés y a las que de Naguisa que no me quito ni a tiros desde que las temperaturas en Madrid han superado con creces los 30º.

Me sabe a gazpacho, a la playa por la noche y también a índigo, que me vuelve loca, sobre todo si ya metemos ratán en la composición. Si no, echadle un ojo al Instagram de The Jungalow, porque creo que no hay nada más bonito.


(The Jungalow)



El Cantábrico lo asocio con días largos, o más largos aún, quizá porque siempre voy en esta etapa del año, y me sabe a ese primer día de playa que no tiene comparación.

Tras abandonarlo durante años, he vuelto a ver cómo la gente disfruta de tomarse un helado a las 19 horas cuando ya refresca (y eso que yo no le cojo el truco) y a buscar mil sudaderas bonitas porque, admitámoslo, a la playa del norte hay que ir prevenido. Una de las mías (un regalo) es de Ewan y es el verano en el norte plasmado en una prenda de ropa.

Tengo ganas de tomarme una cerveza en la arena como me enviciaron en Cádiz y, ¡por qué no!, de hacerlo también en el chiringuito de Vega mientras cae el sol. Pero para eso aún queda tiempo aunque el calor ya nos pise los talones. 

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