8 de septiembre de 2014

Eterno domingo de septiembre

Hay un día duro en el verano de todo trabajador y es el último domingo antes de comenzar a trabajar de nuevo. Pues bien, yo ya lo he vivido, al menos, tres veces.

Me llevé uno en la maleta cuando me fui de vacaciones, pero el 29 de agosto en Portugal, por culpa de la mala suerte al cortar un tomate, me gané otros dos y es que me hice una brecha de seis puntos en la mano que me traje para España.

Tenía cita con el médico al llegar a Madrid y me dijo que nada de escribir, por lo que ese segundo largo domingo de septiembre, sus nervios, horas de recuerdos mediterráneos y puesta a punto se reconvirtió en miércoles y me quedé en casita soportando el calor de la urbe y pidiendo ayuda para que me cortasen hasta la ensalada.

Tras estar cuatro días en casa, volvió otro último domingo, sus prisas, la preparación de la vuelta al cole, la plancha acumulada y la película de la semana que da paso al lunes nuestro de cada día, los planes, las elucubraciones sobre lo que nos deparará el curso; pero tampoco fue así y como si esto fuera el Día de la Marmota hoy me encuentro viviendo otro domingo de recogida, qué me pongo, recopilación de gadgets, acreditaciones y búsqueda de bolis y libretas, eso sí, sin la seguridad de volver, ¿lo haré?  

Me gustaría que me quitaran los puntos y volver a la vida real, al gimnasio, a escribir con más de un dedo con la mano izquierda, a peinarme el pelo, ducharme sin problemas, cocinar o a leer la tablet sin que me pese como si fuera un ordenador viejo.

Quiero volver a la ciudad y a la Gran Vía sin agobiarme por que me puedan dar un golpe en la mano, no cansarme por cada cosa que hago y poder darme un último baño en la piscina. Crucemos los dedos.



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