25 de septiembre de 2014

Caprichosa Córcega

Île de beauté es el sobrenombre de Córcega y es algo que seguro que siempre recordaré porque sus playas, sus acantilados y sus pueblos colgantes en la montaña hacen de la isla algo espectacular para la vista. Pero no sólo de belleza pintoresca vive este caprichoso enclave mediterráneo que vio nacer a Napoleón Bonaparte. Su coquetería y ruda delicadeza lo convierten en algo especial.

No es fácil llegar a Córcega desde España. Parece que no le gusta estar al alcance de todos. De hecho, lo primero que uno ve es que no hay vuelo directo a pesar de estar muy cerca. Si tienes algo de tiempo y eres del norte puedes dar un paseo por Burdeos y coger un vuelo a Ajaccio y si lo tuyo es ser un bon vivant, recorre la Provenza y da el salto a Corsica desde Marsella.

Como en nuestra visita no sobraba el tiempo nada más llegar pusimos rumbo a Calvi: un pueblo del noroeste coronado por una fortaleza, donde descubrir algún que otro marinero perdido y tomar un mojito en Le Havanita (música latina afrancesada incluida).



Una vez pasado el trámite del café au lait y de hacerse el selfie de rigor el destino es la playa del norte, mucho más agreste que la del sur, y después se pueden conocer sus villages fleuries. En uno de nuestros paseos acabamos conociendo Pigna, un encantador pueblecito perdido en la montaña que, entre otras cosas, esconde preciosos cafés donde ver la puesta de sol. Recomendable el A Moresca.

El Cabo, situado al este de la isla, merece otra visita, pero las prisas sólo nos dejaron conocer Erbalunga, un lugar que nos permitió redescubrir la magia de bucear hasta que encontrase con un pez tan grande que asusta y de lanzarse al agua desde una mini isla flotante como si fueras protagonista de una película de Los Cinco.



El sur me huele a pasta, aventuras, fiesta y un delicioso rosé. Allí es imprescindible acercarse a ver la belleza de Bonifacio (sin gente, por favor), la playa de Palombaggia y pasar un día en el Maora Beach, un chiringuito deluxe muy cerca de Bonifacio que hace que la vida no parezca real. Que se pare el mundo, que yo me bajo.

Córcega tiene también un bello interior esconde altas montañas, áreas de aventura y preciosos locales y aldeas. Así lo pueden atestiguar las vacas, zorros ¿y jabalíes? (#siguesiendounadudayloseráporsiempre) que nos encontramos cuando tuvimos que atravesar la montaña porque cortaron la carretera de la costa por un incendio.




Sartène, Rocapinna, una visita más larga al Cabo o conocer las islas Lavezzi son algunas de las cosas que ya están en cartera para el siguiente viaje a Córcega, una caprichosa isla llena de belleza que aún permanece un poco escondida aunque esté a la vista de todos.


16 de septiembre de 2014

Paseando por Madrid

¿Qué se hace en la ciudad cuando no se trabaja y prácticamente no se puede hacer nada con una mano? Ver películas, series, leer y pasear. Hay exposiciones, mercadillos, conciertos, pero asumámoslo: casi nunca nos dejamos caer por esos sitios, o al menos con la asiduidad con la que deberíamos.

Sin embargo, estos días sí que he paseado por mi barrio huyendo, tal vez, de las colas de alumnos que estos días inundan la calle libreros, y he descubierto obviedades como que la ciudad está llena a diario a pesar de que yo esté trabajando; que en el centro aún hay lugares donde comer un menú por menos de diez euros y que los helados si son bonitos, saben un poquito mejor.

Estos días además de ver películas tipo The kings of Summer o God Help the Girl, obra de uno de los componentes de Belle & Sebastián (no apta para los que odian los musicales o para aquellos a los que les empalaga el grupo escocés), he descubierto que en la calle Hortaleza, casi casi con Gran Vía, el café Charlotte ofrece un copioso menú diario por 9,90 euros, que el Marieta está muriendo de éxito y que B
acira se propone como la sorpresa mediterráneo-japonesa del otoño.




A lo largo de mis paseos, he visto como el verano va alejándose del precioso Cuartel de Conde Duque y he constatado que los helados de Bellamia (Pérez Galdós) saben de lujo, también por los ojos.





Además de pensar mucho en lo que haré estos meses y de planear viajes por internet, he disfrutado de leer El Jilguero, un libro que me ha cautivado durante los últimas semanas de verano y he visto muchas más bicicletas por Madrid, ¿se convertirá en una ciudad ciclable? Lo veremos en los muchos paseos que nos depara el invierno. 







8 de septiembre de 2014

Eterno domingo de septiembre

Hay un día duro en el verano de todo trabajador y es el último domingo antes de comenzar a trabajar de nuevo. Pues bien, yo ya lo he vivido, al menos, tres veces.

Me llevé uno en la maleta cuando me fui de vacaciones, pero el 29 de agosto en Portugal, por culpa de la mala suerte al cortar un tomate, me gané otros dos y es que me hice una brecha de seis puntos en la mano que me traje para España.

Tenía cita con el médico al llegar a Madrid y me dijo que nada de escribir, por lo que ese segundo largo domingo de septiembre, sus nervios, horas de recuerdos mediterráneos y puesta a punto se reconvirtió en miércoles y me quedé en casita soportando el calor de la urbe y pidiendo ayuda para que me cortasen hasta la ensalada.

Tras estar cuatro días en casa, volvió otro último domingo, sus prisas, la preparación de la vuelta al cole, la plancha acumulada y la película de la semana que da paso al lunes nuestro de cada día, los planes, las elucubraciones sobre lo que nos deparará el curso; pero tampoco fue así y como si esto fuera el Día de la Marmota hoy me encuentro viviendo otro domingo de recogida, qué me pongo, recopilación de gadgets, acreditaciones y búsqueda de bolis y libretas, eso sí, sin la seguridad de volver, ¿lo haré?  

Me gustaría que me quitaran los puntos y volver a la vida real, al gimnasio, a escribir con más de un dedo con la mano izquierda, a peinarme el pelo, ducharme sin problemas, cocinar o a leer la tablet sin que me pese como si fuera un ordenador viejo.

Quiero volver a la ciudad y a la Gran Vía sin agobiarme por que me puedan dar un golpe en la mano, no cansarme por cada cosa que hago y poder darme un último baño en la piscina. Crucemos los dedos.



3 de septiembre de 2014

Escuela de calor (o lo que aprendimos este verano)

Se acabó el verano y esta rentrée en lugar de lamentarme por los buenos ratos de playa que se han ido, haré un poco de repaso positivo, porque aunque digan que en verano no se hace nada se pueden aprender muchas cosas.

Y es que este agosto he (RE)aprendido que en Madrid hace calor. Los que se han quedado aseguran que no ha sido para tanto y que las altas temperaturas han vuelto para dar la bienvenida a los veraneantes, pero no me lo creo y ante el calor la solución es la huida. Para ello, un buen lugar donde evadirse es el hotel Box Art en plena Sierra, donde, como ya dije, me escondí los primeros días de estas vacaciones.

En este mes que ya se ha acabado he aprendido que el Moroccan Oil es oro para el pelo, que el helado con chocolate caliente es un must, que el arroz con bogavante acompañado de Albariño de Casa Nisio (Vigo) #mola, que disfrutar de un día de sombra tras el omnipresente sol mediterráneo es agradable, que dos, está bien, pero que tres, ya es pasarse; que si vas a San Sebastián es obligatorio que visitar la coqueta tienda Valentina, llena de detalles y caprichos deliciosos. (Los quiero todos)


(Foto de Valentina)

Estos días que se van me han servido para saber que no soy cien por cien de chancletas y prefiero las sandalias, que es normal que vuelva a estar de moda el cassete porque los CD de varios son imprescindibles para un viaje de amigas, que si te cruzas con una vaca corsa en coche has de seguir adelante pero con cuidadito, que en el norte hay que ir con sudadera a la playa (¿por qué lo había olvidado?) y que también se puede comer fabada en verano bajo un hórreo. Mejor en Casa Pedro, en Parres, al ladito de Cangas de Onís.




He aprendido que en la maleta por mucho que intentes reducir siempre llevas de más, que los tomates se cortan sobre una tabla y no sobre la mano, que David Bowie y su Life on Mars? es un gran aliado para hacer la maleta, que tener millones de muestras de tu propia colonia para volar sin facturar es de lo mejor que hay...

Que los portugueses son muy muy amables y las olas en Leça, enormes, que es delicioso vivir con la familia pero al mismo tiempo la tensión se palpa en el ambiente y que Julio Iglesias nunca pasará de moda (¿por qué?).




Estos días han servido para saber que el deporte es vida y que en cuanto dejas de hacerlo, lo notas, que el zumo de naranja de bote es mejor que se quede en la caja, que el coche puede llegar a ser tu casa y que la ciudad, con su asfalto y trasiego, siempre estará allí para recibirte a la vuelta.