1 de julio de 2014

Sabrosa Toscana

La Toscana es una mezcla de luz, color y sabores, exactamente igual que su hermana Provenza; tiene arte, como la francesa, y buena comida, uno de los puntos fuertes de la tierra de los impresionistas, y sin embargo, en el fondo, es totalmente diferente.

Florencia, Siena y sus alrededores atrapan, nadie puede dudarlo. Derrochan arte por los poros, desde el que está guardado en museos como el Nacimiento de Venus de Botticelli, hasta el que convive en plena calle con los oriundos y millones de turistas que pueblan esta región italiana a lo largo del año.

(Le Crazy)

Mi viaje, sin embargo, comenzó en Bolonia, donde probamos su Rosso espumoso, una verdadera delicia para el paladar. De allí partimos a Florencia, Siena y sus decenas de pequeños pueblos cercanos que esconden maravillosos rincones, vinos y pintorescos paisajes.

Es el caso de Montepulciano, que algunos reconocerán por la película de Crepúsculo (aunque digan que es Volterra) o de Montalcino, más alejado del turismo de masas (al menos cuando fui yo). Ambos ofrecen belleza en estado puro. 

Está Arezzo y su ‘vida bella’, Pienza, rodeada de viñedos y un poco más allá de Siena es de obligado cumplimiento el paso por San Gimignano, afeado sólo por los miles de turistas que lo visitan. La etrusca Volterra y Lucca, una ciudad que casi vive encima de una bici, también son hermosas de ver.


Pero la Toscana no es sólo digna de ver por sus monumentos (que son muchos) sino por su gastronomía, su café y sus tomates secos.

Por los caminos de cipreses en verdes praderas, los viñedos de Chianti, los helados, sus tiendas de moda, su gente, sus terrazas y su aperitivo.

                                                  (Le Crazy)

Por las horas en coche escuchando el CD 'de varios', los hits de la Radio italiana y de sus comentaristas, la escapada a la playa italiana de sombrilla y tumbona y por las miles de horas de sol del junio toscano.

                                                   (Le Crazy)


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