21 de febrero de 2013

Lo (im)posible

Ni con Ewan McGregor, ni en Tailandia, ni en Navidad; pero a mí también me ha llegado lo imposible, eso sí, en febrero y en Lanzarote, una isla donde conviven los horribles resorts con sabor a bufé y las maravillosas formas y colores que genera una tierra hecha de lava.

Lanzarote es un paraíso lunar donde el desierto negro y sus pequeños oasis de casitas blancas contrastan con los hoteles de miles de habitaciones; donde las playas salvajes compiten con las cremas, colonias y demás mejunjes por el protagonismo de los turistas y donde a pesar de que parece que no va a haber más que mojo y pescadito, la primera fila del mar de determinados sitios es una hilera de restaurantes (malos) de todos los países.




Y es que en Lanzarote parece que lo imposible es posible, porque siempre es verano, el suelo es impisable porque está hecho de toca que pincha, hay más forasteros que oriundos, la gente va en bicis que pedalea con las manos y porque a pesar de que, según algún isleño ‘sólo llueve cuando Dios se equivoca’, a mí me cayó un tormentón en pleno Timanfaya.



Lanzarote ha sido mi imposible de febrero, pero, ¿y si sigo las creencias de Alicia Liddel y soy capaz de creerme al menos seis cosas imposibles antes de desayunar?  Y creo que pueden acabarse los días cortos, que el giratiempo de Dumbledore es verdad, que puedo ir con mis raídas converse negras a todos los sitios del mundo, por muy de etiqueta que haya que ir ...




Que te pueden implantar un chip para hablar todos los idiomas del mundo, que la vida es una caja de bombones en la que sí puedes elegir lo que te va a tocar o que Pinocho ya es mayor, y quiere enmendarse y salvar al mundo de los cuentos.


Cuando lo imposible es posible por mucho que sea increíble salta una chispa que llena de magia el espíritu. Es lo que yo creo, aunque sea ...(im)posible.



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